El karma y la Justicia divina

Cuando liamos con temas legales solemos invocar a la justicia; reclamamos nuestros derechos y acudimos a todas las instancias que nos ayuden a lograr lo que consideramos "justo" para nosotros.

Muchos llegamos a creer que este mundo es muy injusto. Incluso, muchos países son calificados porque en ellos la justicia no se aplica y porque la aplicación de las leyes humanas falla en demasía. Cuando nos hallamos inmersos en estas circunstancias y sentimos impotencia ante la justicia humana, solemos recurrir a lo superior y pedimos justicia divina.




Si la respuesta a la petición es favorable a nosotros o a nuestros afectos, consideramos que Dios es justo; pero si el resultado no nos favorece, calificamos a Dios como injusto y le reprochamos la experiencia.


Entre las frases comunes escuchamos la queja: ¿por qué Dios permitió que esto ocurriera? o ¿dónde estaba Dios?  ¿Por que me pasa esto a mi si no lo merezco?


"Por eso no creo en Dios", dicen ateos y escépticos; mientras los creyentes afirman que aunque un horroroso crimen no sea castigado por los humanos, la justicia de Dios tarda pero siempre llega, lo cual es muy cierto.


Sin embargo, el tema de la justicia divina no compete directamente a Dios, a la fuente, o a lo que creamos superior a nosotros. Nos compete a nosotros mismos, a nuestra alma.


Hablar de justicia divina nos remite inevitablemente al tema de la Ley de causa y efecto, más conocida como la Ley del Karma; vista por demás de forma errónea, como un instrumento de Dios para castigarnos por nuestros pecados, cuando en realidad se vincula con el libre albedrío del que disponemos, el cual nos enfrenta con la responsabilidad adquirida por cada acción que realizamos. 




La Ley de causa y efecto señala que "cada causa tiene su efecto; cada efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo con la Ley. La suerte no es más que el nombre que se le da a una ley no reconocida. Hay muchos planos de causalidad, pero nada escapa a la Ley."

Bajo este principio  se enseña que la suerte no existe y que todo es causal. Nada es casual como tendemos a creer. Por ello, debemos estar atentos a nuestras acciones, pues -en un corto o en un largo plazo- veremos los efectos; y de hecho, lo que vivimos en el presente no es más que la consecuencia de nuestras acciones pasadas.




Es justamente en ese tema de las acciones pasadas donde radica el conflicto que nos impide comprender y saber utilizar esta ley, pues el pasado puede extrapolarnos a algún momento de esta vida: la adolescencia o la juventud, por ejemplo; pero también  a una desconocida encarnación pasada. 



¿Cómo es posible que tengamos que pagar las consecuencias de las acciones de una vida pasada, de la ni siquiera me acuerdo y ni siquiera sé si es cierta?, plantean muchos. Todo se debe al cumplimiento de otra ley universal, la de evolución, según la cual estamos en un constante crecimiento, y parte de ese proceso implica aprender a través de las experiencias.



Visto así, estamos en evolución continua, de una a otra vida, muchas veces repitiendo experiencias con el fin de asimilar los aprendizajes. 


Es difícil verlo desde la perspectiva de varias encarnaciones, pero si nos enfocamos en una sola vida: la actual, nos damos cuenta que pasamos por varias etapas desde la niñez, la juventud y hasta la vejez, y en cada etapa etapa vivimos experiencias que nos ayudan a crecer, a evolucionar (por lo menos en teoría, pues en ocasiones nos quedamos atascados en determinadas situaciones y experiencias). 




Es en ese sinfín de repeticiones de experiencias y de aprendizaje por ensayo y error  donde actúa la famosa justicia divina, concebida entonces como la manifestación en nuestra vida de las consecuencias de nuestras acciones pasadas. 


Nuestras acciones mueven energía (todo es energía) y ese movimiento genera muchos desequilibrios. La ley hace sus "ajustes"  en busca del reequilibrio energético. 


Por tanto, cada vez que clamamos a Dios por "justicia divina", bien sea para favorecernos a nosotros mismos, para perjudicar a un supuesto enemigo, o para sancionar a quienes consideramos dignos de castigo, energéticamente lo que hacemos es pedir que se manifiesten las consecuencias de las acciones pasadas, es decir, pedimos que se hagan los ajustes pertinentes desde otras dimensiones o planos. 



Desde nuestra perspectiva física de tercera dimensión (3D o plano terrenal) desconocemos nuestras acciones en pasadas encarnaciones, y aún así, están ancladas en dimensiones sutiles y grabadas en nuestros campos energéticos. Por ende, desconocemos el desequilibrio energético creado y no sabemos si lo que se va a manifestar a través de nuestro pedido (el ajuste) es "bueno" o "malo" para nuestra vida en 3D.

¿Qué hacer? ¿Pedimos o no justicia divina?

Contrario a lo que se acostumbra, es preferible pedir misericordia y clemencia antes que pedir justicia divina.  



La canalizadora Brinda Mair reitera que "la justicia divina no es ciega. Ve más allá del tiempo y de este espacio-tiempo.  Cuando pedimos Justicia Divina ES LO QUE ESTAMOS OBTENIENDO (tal vez, injusticia hoy para equilibrar la multidimensionalidad)."



Se relaciona así la justicia divina con el tema de la multidimensionalidad, entendida como la posibilidad de que podamos coexistir en varios espacio-tiempo en diferentes planos energéticos. 


Hay muchos estudios sobre los universos paralelos, que buscan validar estos planteamientos, argumentando que nuestra alma puede fragmentarse y convivir en varias realidades al mismo tiempo. Tal perspectiva implica romper con la noción del tiempo, tal como la entendemos en esta dimensión, lo cual no es fácil. 

 Pedir justicia divina puede ser contradictorio

Nuestro desconocimiento sobre las acciones pasadas (principalmente en otras vidas o dimensiones), nos pone en desventaja en cuanto determinar los ajustes necesarios para equilibrar nuestro "karma" y las consecuencias de nuestros pedidos de justicia. Ocurre entonces que vemos el efecto, pero no la causa. 


Por tanto, los resultados de  nuestra petición de justicia divina, muchas veces son poco agradables a nuestro presente, pudiendo incluso contradecirse con las consecuencias simples de las acciones del espacio-tiempo del que somos conscientes (considerando solo esta vida).

"Tal vez estemos por ganar un juicio que en este espacio tiempo es "justo" que lo ganemos. Pero si pedimos Justicia Divina, podemos llegar a revertir el resultado y perder en menos de 24 hs. (ejemplo claro de ello "son las injusticias" que se producen y que se evidencian en las marchas que realiza la gente por asesinatos impunes, etc. Piden justicia humana y divina. ¡Craso error!)."
Por el contrario, cuando invocamos la clemencia y la misericordia, más allá de seguir el principio cristiano del perdón (también válido ), estamos pidiendo  energéticamente cancelar o aminorar las consecuencias de las causas pasadas y obtener una gracia en el proceso de reajuste energético. 



De esta forma, en vez de seguir anclados en la espiral de causa y efecto (al estilo Ley del Talión), que puede tornarse en círculo vicioso de encarnación en encarnación, salimos de la espiral colocándonos en una octava mayor de energía.



No obstante, salir de este círculo no es sencillo, sobre todo cuando nuestros egos han sido muy heridos y nuestros cuerpos emocionales y mentales han sido muy afectados por las circunstancias. Es el caso de todas esas situaciones "negativas" que nos ocurren o que vemos en nuestro entorno, percibidas como muy injustas y por las cuales siempre conseguimos un culpable externo. 

Soltar o no soltar, reclamar o no. He ahí el dilema

"Hay momentos en nuestra vida que debemos tomar decisiones sobre  si debemos reclamar algo que por justicia humana nos corresponde o si no. Si debemos simplemente dejarlo ir. ¿Cómo podemos saber qué es lo correcto a los ojos de Dios? La Justicia Divina ve más allá del tiempo y no es ciega como la justicia humana."
En lo personal, para entender qué hacer ante este dilema y para discernir cuándo reclamar y cuando soltar me sirve de mucha ayuda una analogía con el tema del anatema, que en su concepto griego significa "ofrenda a los dioses".
"La biblia, en el libro de Josué-2, cuenta la toma de Jericó siguiendo las indicaciones de Jehová recibidas a través de Josué. En ese caso, Dios les indicó no tomar nada del botín de la ciudad y consagrar todo en anatema. En cambio, en otras ciudades les decía cuánto oro tomar para sí y cuánto dejar para el culto del Arca de la Alianza. 
Este conocimiento llevó a este pueblo a vivir uno de los períodos más prósperos y de armonía que recuerda la historia de Israel con sus doce tribus, centradas en el culto del templo en su Arca. A cambio de esa entrega: el anatema, Dios les daba la abundancia de la Fuente. Si el anatema no se cumplía, Dios retiraba su protección y el pueblo era librado a su propia suerte."

De forma análoga a estas historias, a nosotros nos concierne reconocer cuando  soltar algo y entregarlo como anatema y cuando reclamarlo para nosotros. Esto implica saber determinar cuándo reclamar justicia humana y cuándo no.


 Discernir entre estas dos opciones, a través del autoconocimiento y ejercicios de meditación, sirve además como clave para acercarse a la prosperidad y abundancia, tan buscada por todos.
"Nuestra desconexión de Dios nos dificulta ese conocimiento y muchas veces reclamamos lo que deberíamos dejar ir, mientras que otras veces, dejamos ir lo que deberíamos reclamar ¿Por qué? Simplemente por miedo. Miedo a hacernos cargo, miedo a enfrentar, miedo a perder, miedo a ganar, etc, etc. Sea como fuere, esta decisión afecta nuestra abundancia cuando no podemos ver, por encima de nuestra circunstancia, que lo que nos moviliza a actuar es sólo miedo."




fuentes:
http://www.canalizandoluz/



Escrito por Glenda González



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